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jueves, 18 de diciembre de 2008

EL CAGANER

Uno de los contertulianos del Casinet anda aún cabreado conmigo desde hace tres días por eso de “tontos de los cojones”. Menos mal que me ha vuelto a hablar más calmado. Esta vez sobre el próximo Barça-Madrid y quiere hacer una porra de las gordas.
No se por qué, vuelvo a las andadas y le pregunto si sigue con el cabreo. Me responde que ya está bien de recordárselo. Le atino a decir que menos mal que no habló el alcalde getafeño de las señoras.
Me interroga que cómo es eso y le respondo que menos mal que no exclamó “¿por qué siguen votando las tontas de los coños a la derecha?”… se largó echando pestes después de dar un tremendo portazo a la salida del Casinet. Le he prometido regalarle una estatuilla de “caganer”.
Imagino que sabrán Vds., estimados e hipotéticos lectores, que en Catalunya es costumbre regalar por estas fechas navideñas un muñequito que denominan “caganer” y que representa a cualquier personaje famoso de las artes, cultura, deportes, política, etc.



Un caganer es una figura de una persona defecando que se suele colocar en los belenes, como tradición en Cataluña y en el País Valenciano. También es frecuente esta figura en los belenes de las islas Canarias como puede verse en un belén de Tazacorte, isla de La Palma. En otros puntos de la Península Ibérica, Portugal y Región de Murcia, existen los personajes belenísticos semejantes del cagador y cagón respectivamente.
Se cree que el origen de esta tradición se sitúa en el siglo XVIII. Tradicionalmente, el caganer era un payés ataviado con la indumentaria tradicional catalana (faja y barretina). Más modernamente se han realizado todo tipo de versiones del caganer, utilizando a menudo la imagen de personajes populares como políticos o deportistas.
Generalmente, esta figura se sitúa en un rincón apartado del belén, intentando que no quede en un lugar destacado. Aunque no se conoce con exactitud cual es la razón para colocar una figura defecando, se cree que el caganer con sus heces fertiliza la Tierra, por lo que se le considera un símbolo de prosperidad y buena suerte para el año siguiente. La tradición del caganer está aceptada plenamente por la Iglesia.
La gente decía que con sus heces abonaba la tierra y así la fertilizaba para el año siguiente. Con él había la salud y tranquilidad de cuerpo y alma que hace falta para montar el pesebre, con el gozo y alegría que comporta la Navidad en el hogar. Colocar esta figura en el Belén, traía suerte y alegría; no hacerlo comportaba desventura.
Últimamente se venden en el comercio figuras de caganers con imágenes de personajes famosos. Por ejemplo figuras de Barack Obama, Hugo Chávez, Cristina Fernández de Kirchner y Lula da Silva.
Curiosamente, el caganer no es el único personaje navideño típicamente catalán que defeca. Existe otra tradición, el Tió, un tronco de árbol al que los niños sacuden la noche antes de Navidad. Al ritmo de los golpes y de la canción que los niños le dedican el Tió les recompensa "evacuando" dulces y golosinas.
Así, al hacer tan extensa explicación de lo que es un caganer, espero que no se sientan ofendidos, ni siquiera aludidos, estimados e hipotéticos lectores.
Por ello no estaría de más, ni de menos, que compraran uno de estos “caganers” y lo colocaran en el pesebre, especialmente los peperos. Tendrán mucha suerte en adelante, pero si no lo hacen, cosa que creo, tendrán aún más desventuras que hasta ahora. A ver si con sus heces cosechan tremendos capazos de votos.
Lo malo es que los socialistas también los comprarán y ello trae pareja la misma suerte que a los peperos. ¿verdad?
Bueno, ahora tengo que montar, con mi hijo pequeño, un belén de armas tomar, hasta Herodes tiene su metralleta, idea del pequeño.
Los que son las cosas… me acaban de comunicar que soy abuelo de nuevo. A este paso acabaré montando un regimiento de artillería. ¡No!, mejor un equipo de fútbol.

martes, 5 de diciembre de 2006

SUEÑO DE NAVIDAD

Mataró, 24/12/2006
Publicado en:
El Faro de Ceuta
El Periódico de Catalunya
Diario Sur
Qué!


He acudido a un hipermercado cercano a la ciudad portando un plan estratégico destinado a cumplimentar mis obligaciones para con la familia y, de paso, completar el cupo de regalos destinados a los más pequeños y que les serán entregados en la Noche de Reyes. Es que soy tradicional.
De pronto noto que me ocurre una cosa extraña; mi vista se nubla por momentos y siento que me voy…, menos mal que es un mal trago que pasa en un minuto. Me he recuperado con sorprendente rapidez pero… ¡qué extraño! ¡No estoy en donde tenía que estar!. Me encuentro de pie, en una pequeña colina de un lugar y de un momento desconocido. Planea sobre mi cabeza un aire fresco pero no frío, pese a que momentos atrás estaba con la bufanda liada a la cabeza y luchando contra el viento helado de la tramontana. Ahora me sofoca y me la quito guardándola en el bolsillo. Ignoro donde estoy.
Aún desconcertado, vislumbro a lo lejos las casas avanzadas de lo que parece ser un pueblo. Tiene que ser un pueblo por cuanto el sistema urbano así lo representa. Me acerco, con el desconcierto cubriéndome por completo, caminando sobre una vereda alfombrada de piedrecillas y que la distingue del resto del terreno, de arcilla árida y seca. La vereda se encuentra flanqueada por suaves colinas pobladas por escuálidos olivares diseminados sin ningún orden ni concierto.
Durante mi camino me he cruzado con personas que visten de manera tan estrafalaria que parecen pordioseros. Pasan por mi lado, entre presurosos y preocupados dándome la impresión de que parece que no me ven. Me miro a mí mismo, estoy vestido con mi gabán de siempre y debajo de él mi traje con la camisa y la corbata perfectamente compenetradas. Vuelvo a mirar a los demás transeúntes de esa vereda; van vestidos de manera que me recuerdan a las figuritas de un pesebre. Figuritas que mis hijos colocan con devoción en un belén que he tenido que montarles en un rincón de la casa. Mi desconcierto aumenta cuando me doy cuenta de que no hay absolutamente nada que me indique que no he abandonado mi ciudad, mi tiempo…, no hay coches, no hay aceras ni calzadas, no hay…
Me he acercado a una especie de puente de madera, bajo el cual transcurren plácidamente unas tranquilas y cristalinas aguas que viene de no se donde y van a no se donde. Unos niños vestidos con harapos y descalzos corren por los alrededores de una fogata en una especie de juego parecido al ori y que les pinta en sus resplandecientes rostros una amplia y sincera sonrisa. Ni me miran. Me acerco a ellos y los llamo. Ni me oyen.



Un caos irracional se apodera de mi mente cuando, después de cruzar el puente acompañado de crujidos ocasionados por las malas junturas de la estructura del mismo, me he acercado a la entrada de esa extraña aldea. La vereda se bifurca en tres brazos; uno de ellos ascendente y que dirige la vista hacia una especie de fortaleza tamizada por un escorzo de neblina y que se vislumbra a lo lejos en lo alto de un montículo. La otra vereda, que conduce hacia la derecha de donde me encuentro, va señalando el camino de una huerta con otro bajo montículo en cuya cima domina una especie de molino construido con toscos materiales entre los que predomina la madera.
Sigo adentrándome en la aldea, cuyas primeras casas me desconciertan aún más por estar construidas de una manera rudimentaria y por materiales que no concibo en mi mente de arquitecto. La gente sigue pasando por mi lado con un total desprecio hacia mi persona. Tanto que se diría que soy invisible. Trato de preguntar a un viejo, que en ese preciso momento pasa por mi lado y que porta sobre sus hombros un pequeño borrego, pero parece ser sordo y mudo. Ni me mira. Cuando trato de dirigirme hacía otro, mi vista se desvía hacía una especie de cuadra, por cuya amplia y desvencijada puerta asoma la cabeza de un burrito. Esa visión me asombra aún más. ¡Estoy viviendo un sueño! ¡estoy contemplando el portal que siempre, desde que era un crío, me habían narrado mis abuelos y mis padres!
Me acerco con el corazón a punto de estallar de alegría, contenido a duras penas por una especie de manto de paz y… la escena que se presenta ante mis incrédulos ojos es de una maravilla imposible de discernir: un precioso niño, del que se desprende una increíble aureola de candor; se encuentra acostado en una especie de cuna, construida con ramas toscamente cortadas y cuyo colchón es un montón de paja cubierta por un paño, rodeado de hombres y mujeres en cuyos iluminados rostros campa la sonrisa más beatífica que he podido contemplar en mucho tiempo. Miro al niño, éste me mira directamente a los ojos y con una abierta sonrisa extiende su mano hacia mí…
Una estruendosa música roquera rebota dentro de mi cerebro y saliendo de una especie de sopor me encuentro delante de un precioso niño, que con su brazo extendido me está pidiendo que lo suba en mis brazos para contemplar el belén que el centro comercial tiene montado en una de las salas cercanas a uno de sus accesos…

lunes, 4 de diciembre de 2006

SE ACERCA NAVIDAD

Mataró, 4 de diciembre de 2006
Publicado en:
El Faro de Ceuta
El Periódico de Catalunya
Diario Sur
Qué!


El tiempo es ahora un ente indeciso que no se decide a entrar a saco con el frío, tal como corresponde a éste mes de diciembre, y sopla de manera harto tímida unas cortas ráfagas de viento helado que son rápidamente difuminadas por un sol que podríamos llamarlo primaveral.
Estamos en el mes que más alegría da a los pequeños y no tan pequeños. Al cúmulo de fiestas dispersas a lo largo de sus treinta y un días se suma las vacaciones escolares para alegría de la huerta menuda y la de un segmento de la población que tuvo su época dorada en nuestra ciudad cuando el servicio militar era obligatorio. A partir del día 21 los chicos ya no tienen clases hasta el 8 de enero próximo, lo que se traduce en varios sustantivos como son la carga familiar y la descarga de los bolsillos.
El segmento de población que he mencionado en el párrafo precedente puede ser llamado de todo, incluso que es insolidarizo y ambicioso. Digo esto último porque aumentan los precios casi un 20% en éstas fechas a través de las que se va acercando la Navidad y los vecinos marinos de Ceuta, esos peces que rodean la ciudad, alcanzan cotas tan altas que, al menos en la península, la mayoría de las familias tendrán que prescindir de los más llamativos y suculentos: rape, merluza y besugo. Sus precios se encarecen entre el 20% y el 30%, que ya es mucho precio. Otro alimento popular en éstas latitudes conllevan el pseudo-insulto entre dientes que muchos hacen contra los que venden ese alimento. Me refiero al cabrito cuyo precio se ha puesto al alcance, sólo, de los maharajás, que no majaras.
Y hablando de que se acerca Navidad con sus excesos comestibles, bebibles y de los otros, una noticia alegra aún más las pajaritas: el Tribunal Constitucional (TC) concede el amparo a un ciudadano que dio positivo en un control de alcoholemia, con casi cinco veces el límite permitido, debido a que no existen pruebas tangibles de que afecte a la conducción del vehículo. Toda una lección de justicia. No se debe ni de debería multar a uno que haya bebido dos cervezas (aunque en el caso dirimido por el TC hayan sido seis como mínimo) mientras no afecte a su conducción y no incumpla las normas de circulación, que por cierto no contemplan la borrachera (con estas palabras, eso creo yo) entre su articulado.



Y como se acerca Navidad, fecha que hoy en día tiene más de comercial que de religiosa, el Gobierno no deja de ser sádicamente especulativo. Mira que tratar de introducir la Ley de la Memoria Histórica precisamente en tiempos, llamados históricamente, de paz. Tiempos en los que todo el mundo desea paz y felicidad, aunque sea con redomada hipocresía. Tratar de meter un libreto que contenga los preceptos de esa Ley de la Memoria Histórica en el mercado nacional de leyes, normas, reglamentos, decretos… es lo mismo que tratar de meterlo en una herida que no está precisamente cicatrizada del todo por culpa de las elucubraciones tenebrosas de esa derecha española más arcaica y retrógrada que democracia alguna tuviera en su seno. Deberían efectuar ese proyecto de ley de la Memoria Histórica en Semana Santa, fecha histórica precisamente, donde reina el dolor y la tristeza en recuerdo de nuestros muertos que no resucitaron, como honor de Aquél que murió clavado en el tronco de un árbol descuartizado (el árbol, no Él) y sobre Quién la Memoria Histórica Religiosa celebra precisamente estas Navidades en un hecho consumado popularmente como es el datar la fecha de nacimiento del Hijo de Dios. Cuando saben perfectamente, hasta el más novel seminarista, que la fecha exacta del nacimiento de Jesús está bastante más distanciada de la indicada.
Y hablando de muertos en fechas cercanas a la Navidad, no deja de ser curiosa la actitud que toman algunos medios informativos después de la muerte del llamado Dictador Pinocho. Mientras Augusto Pinochet estaba entre los vivos, aunque con minusvalías fingidas, los medios de comunicación guardaban respeto y solo se hacían ecos de hechos y noticias de terceros sobre casos ya realizados. La muerte del Augusto ha dejado a algunos “a un gusto” por lanzar diatribas (ciertas algunas, supuestas otras e inventadas las más) contra el Dictador a sabiendas que no serían pillados judicialmente por injurias y acusaciones infundadas, dado que hasta la fecha ni un muerto se ha presentado en el juzgado de guardia para denunciar. Aunque algunos lo trataban de ex dictador… ¿ex?, entonces no debió ser ni siquiera citado judicialmente, porque siendo ex ya no sería lo que fue ¿no?